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Armando Martini Pietri: Diálogo con hambre no dura

Por Armando Martini Pietri

Al igual que el amor no dura con hambre, el diálogo tampoco. Hambre combina mal con todo, excepto con la rabia y la desesperación. Si al diálogo se le añaden ganas extremas de comer, la mezcla es perversa y con ingredientes para un estallido. Se desgarra el tejido social.

Hambre produce rabia, angustia, desesperación. Y saqueos.

Saqueo es el robo que recurre a la extrema violencia, el apoderamiento ilegítimo e indiscriminado de bienes ajenos por la fuerza en el transcurso de un tumulto. No se trata de un ladrón, o un par de rateros motorizados atracando a un desafortunado e indefenso ciudadano, es mucho más. El saqueo es un hecho social; salvaje, brutal, injusto, pero social, como también lo es el linchamiento. Implica violencia y furia, pero igualmente odio, eso es más grave.

En Venezuela tuvimos una larga, sangrienta y devastadora guerra de independencia que arrasó con el país. Fue una confrontación de masacres y degollamientos a mansalva. Una guerra de saqueos en la cual se robaba ganado para alimentarse y caballos para desplazarse. Pero de la misma manera, especialmente las tropas libertadoras que por años debieron pelear casi desnudas, substraían ropa, botas y zapatos, espadas, fusiles, pistolas y lanzas de los muertos y los vivos que caían bajo sus arremetidas, las “entradas a saco” en pueblos y aldeas para violar, desvalijar y apuñalar eran eso, saqueos.

Las caídas de tiranos en los entristecedores finales setenta años del violento siglo XIX, produjeron una modalidad de saqueos. Pobladores de ciudades, especialmente Caracas como sede del poder, que tras la salida del dictador y el régimen desplomados, entraban por la fuerza a saquear su residencia, las de afectos y beneficiados.

Hubo grandes saqueos a gomecistas tras la muerte del Benemérito. Muchos domicilios fueron hechos pedazos y los ciudadanos se llevaron todo lo que pudieron. Durante el golpe militar que desbancó al general Medina Angarita, los saqueados fueron un par de cuarteles y por las calles de Caracas se vendían revólveres y fusiles Máuser. Tras la huida del general Pérez Jiménez se produjeron saqueos y por meses los militares, considerados cómplices pues afirmaba presidir un Gobierno “en nombre de las Fuerzas Armadas” elegían vestir de civiles cuando transitaban por las calles para evitar insultos e incluso asaltos. Los más recientes saqueos del llamado “Caracazo”, fueron lo que siempre son esas explosiones: una mezcla de ira y arrebato popular no a residencias sino a comercios, con aprovechamiento de personas oportunas y delincuentes; todos ellos, con la percepción de que al ser acciones masivas no serán castigados y quedarían impunes.

Hoy, el saqueo ha regresado por un motivo no justificativo, pero sí explicativo. El Gobierno de Maduro plagado de militares y de civiles aprovechados, persiste en engañar desmedida y torpemente. Se ofrecen precios controlados y, al igual que los no vigilados, aumentan día tras día de manera arbitraria, grosera y descarada. Informa que está importando harina de trigo, pero no se consigue pan “canilla” y cuando lo hay, es impagable. Asegura que ha dado millones a productores agropecuarios para que produzcan de todo, pero no se encuentra arroz, ni azúcar, ni café, ni caraotas, ni verduras, y ni hablar de carne, que si se descubre, es a precios que ni siquiera la clase media puede cancelar. Maduro crea uno tras otro cuento político “socialista productivo” para que los laboratorios tengan insumos, vuelvan a importar y producir medicinas, pero la gente de pocos y medios recursos, aun la adinerada, siguen muriéndose por falta de medicamentos.

Cuando una persona del sector que más carga política y económica lleva a cuestas, el llamado “popular”, aguanta largas colas donde lleva sol, agua y desveladas, que es atracada, empujada, maltratada y después resulta que lo que busca no lo hay, o en sus caras se lo llevan a grupos políticos, empieza a ocurrir lo que está sucediendo. Obstrucciones y trancas de calles, quemas de cauchos, enfrentamientos violentos con policías y guardias nacionales. ¡Saqueos! ¿Que en esos actos de extrema violencia participan delincuentes y activistas políticos de barrios? Seguramente, pero lo que la gente distingue es que hay saqueos, que el comerciante no tiene la menor seguridad sea buen vecino o un malandro delincuente especulador.

El Gobierno de Maduro está perdiendo la ofensiva del orden, la dignidad y la paz ciudadana. La gran batalla que ningún político y mucho menos un mandatario puede darse el lujo de perder.

¿Cómo se dialoga en esas circunstancias? ¿Qué hacer y cómo? El problema que tienen algunos políticos, es que no tienen bien desarrollado el sentido de la oportunidad y del tiempo porque no sufren ni padecen las penurias de las mayorías, en consecuencia, sus criterios y percepciones son diferentes y desiguales a los momentos del pueblo con hambre y escasez. Muy rara vez oirán que un hijo de un político sufre de hambre o no puede hacerse tal o cual tratamiento por falta de medicinas. Y por favor no lo tomen a mal ni piensen que es una travesura; es la diaria verdad (o lo tienen como un secreto de estado).

Así como las conversaciones de diálogo –que se esfuerzan siempre afanosos en negar-, en el cual el Gobierno coloca su propuesta en manos de tres ex presidentes, pero sin equivalentes que defiendan los planteamientos opositores, y cuando los abogados de Leopoldo López quieren ejercer el derecho constitucional de visitar a su defendido, los militares a cargo de la cárcel se niegan, poniéndose la Constitución en las botas, en cambio Timoteo Zambrano revela risueño y con desfachatez -ironías de la política- que pudo visitarlo autorizado por el mismo Gobierno, o como disimula el representante de la MUD, “por el facilitador de UNASUR”. Por si fuera poco, Rodríguez Zapatero en la sede de la OEA confiesa que fue Maduro quien autorizó la visita que le hiciera a Leopoldo; además confirmó que se había reunido al menos 20 veces con los dialogantes y remató con esta perlita: que había sido un líder opositor quien primero le había solicitado se involucrara en el conflicto que vive Venezuela. ¿Entonces cómo es la cosa? ¿Quién miente? ¿Quién dice la verdad? Por favor pónganse de acuerdo. Para algunos tenemos cara de bobos, nos suponen pendejos y “gilipollas” como dirían los españoles.

No se puede estar en desacuerdo con la conversación, el diálogo y el encuentro en condiciones normales de igualdad, respeto, cordialidad, con la intención seria y honesta de lograr un mínimo de acuerdos, siempre en el tiempo que exijan sus mandantes. Pero ¿saben qué está faltando en este cacareado diálogo? La Iglesia y, más importante, los ciudadanos. ¿Dónde está la gente, la sociedad civil? ¿Dónde están representados los ciudadanos? No puede ser sólo una costosa conversación entre tres políticos contratados por el Gobierno (o por Unasur, para el caso es el mismo paganini) y unos representantes de la oposición versión MUD, algunos de los cuales no merecen pizca de confianza. Insistimos, falta mucha participación ciudadana. No hay dignatarios de pública confianza. Por cierto ¿y el Vaticano?

Los saqueos en comercios, abastos, mercados, no son rebelión ni golpe de estado ni conspiración de la hipotética “derecha”, son hambre, carestía, necesidad, apuro, emergencia, porque la rebelión auténtica va contra los políticos y contra un Gobierno al cual sólo le queda la represión y ficción del poder que se le escapa entre los dedos. ¿Alguien está saqueando a los bachaqueros? El hambre tiene características de tempestad, es fiera, decidida y más temprano que tarde llegará a Miraflores.

Si la oposición MUD quiere dialogar y piensa encontrar soluciones para un país desbaratado, entonces debe hacerlo públicamente, contar con el conocimiento y consentimiento de los ciudadanos; de lo contrario puede entenderse como una falta de respeto y, peor aún, como una traición imperdonable; contraria al mandato otorgado el 6 de diciembre pasado. Lo que conllevaría a deslegitimarse.

Políticos, ajusten bien su reloj social. Recuerden que lo secreto, lo oculto, siempre genera suspicacias y termina por ser conocido. O muere el pueblo, o muere el gobierno, aunque la historia dice que los pueblos nunca mueren.

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